Cara Norte del Monte Perdido


«Esa pared solitaria queda demasiado lejos para atraer a quienes solo sienten pasión por la técnica de la alta escuela; y es demasiado imponente. Su aislamiento en un marco excepcional y las imprevisibles variaciones de sus condiciones la convierten en un recorrido serio y apasionante. En la cara N del Monte Perdido, tras una silenciosa ... Leer más

«Esa pared solitaria queda demasiado lejos para atraer a quienes solo sienten pasión por la técnica de la alta escuela; y es demasiado imponente. Su aislamiento en un marco excepcional y las imprevisibles variaciones de sus condiciones la convierten en un recorrido serio y apasionante. En la cara N del Monte Perdido, tras una silenciosa ascensión, nos sumimos en un ambiente enriquecedor que nos permite valorar la suerte de haber vivido un recorrido tan hermoso.» (Patrice de Bellefont, 1977. «Pirineos. Las 100 mejores ascensiones»).

Después de esta magnífica descripción de Bellefont, que suscribo absolutamente, solo queda descubrise ante quienes en 1888 (¡hace más de 130 años!) escalaron por primera vez esta fabulosa ruta del Monte Perdido. R. de Monts, C. Passet y F. Salles, armados con las rudimentarias herramientas de la época, se adentraron en esta ruta sorteando los peligrosos seracs, ya inexistentes hoy día. Realmente, cuesta imaginarse a aquellos señores, ataviados con traje de época, chaqueta de pana y sombrero, subiendo por esos estrechos corredores helados, cuando actualmente uno va por esos mismos corredores (perdóneseme la expresión) «con el culo bien apretao», llevando una pareja de piolets supertécnicos, fiables crampones de puntas delanteras, tornillos de hielo, friends…

Era una ascensión que tenía entre ceja y ceja desde hace la friolera de 40 años, cuando estando en Ordesa con Pepe Seiquer cambié de planes en el último momento para meterme en otra vía (Pepe acertó y se apuntó la vía junto con un chaval catalán que andaba por allí con nosotros). Por contra, esa larga espera también ha tenido sus ventajas: la satisfacción ha sido increible, una escalada en la que he podido saborear cada metro, cada pasaje, incluso «enredando» donde se podía para darle ese puntillo, en definitiva, disfrutando de principio a fin del ambiente soberbio de esta vertiente de la montaña.

En esta ocasión, junto con Antonio Sarabia (Nino), aprovechando el puente del 9 de junio, salimos de Murcia directos al Refugio de Pineta. Al día siguiente, palizón con los armarios hasta el refugio de Tucarroya, donde la suerte estuvo de nuestro lado y pillamos sitio en el refugio (refugio libre de 14 plazas, pero que en esta época siempre está «petao» de gente). Noche bastante fría que interrumpe el despertador a las 4:30. A las 5:30 ya estamos saliendo del refugio. A las 7:00 estamos con todo preparado al pie del corredor de entrada.

Medio tapada se ve una huella, seguramente del día anterior (ha nevado algo por la noche), que va al corredor de entrada, pero unos chavales que habían entrado una hora antes que nosotros (y que no conocían la ruta) se embarcan por donde no es, por una estrecha goulotte más a la derecha de la entrada original. Como hemos visto que salían al glaciar, damos por hecho que -por algún sitio- tiene salida y le tiramos por ahí por probar (el corredor original de entrada se veía muy asequible, 45-50° mantenidos y sin interrupción hasta el glaciar, así que siempre nos quedaba la opción de bajarnos y subir por la entrada original). Acertamos. La goulotte es una pasada; estrecha, poco más de un metro, y más empinada (55-60°) que el corredor original, pero está en unas condiciones fantásticas.

(NOTA: La cordada que nos precedía no continuan la vía. Se retiran haciendo una larga travesía por el glaciar.)

Alcanzado el glaciar toca hacer una travesía ascendente (sin grietas) hasta una especie de «piedra de los caramelos», que separa el glaciar inferior del superior. Parada obligada para tomar algo. La pendiente va ganando grados (50°) hasta alcanzar (3100 m) el muro rocoso somital. El corredor (hasta 65° en algún resalte) parece puesto a propósito para salvar el muro. Está helado, aunque con una leve capa de nieve encima. En un estrechamiento nos encordamos porque el hielo es muy fino y tiene agua por debajo. Por un terreno mixto al principio y luego por el corredor se alcanza (3250 m) un hombro de la cuerda Este del Perdido, la que se dirige hacia el Pico Añisclo. Diez minutos más tarde nos abrazamos en la cima del Perdido. Llevamos casi tres horas metidos en una nube que no deja ver a más de diez metros, o sea, que no se ve un pijo desde la cumbre, pero es la una y tenemos tiempo de sobra para bajar, lo que da un punto más de tranquilidad y permite saborear mejor los momentos de cumbre.

Palizón de bajada hasta el Refugio de Pineta. Allí nos espera nuestra buena amiga Pilar, que este verano trabaja en el refugio, lo que supone una agradable sorpresa, aunque la pobre tuvo que estar aguantando nuestras batallitas durante toda la cena. Perdona Pilar si nos hemos puesto muy pesados 🙂

Ahí van esas fotos de la ascensión.

 

Refugio de Tucarroya

Una cubitera total.

A pie de vía, estudiando la variante de entrada por la goulotte.

Enfrente el corredor de la entrada original. La goulotte está unos 25 metros a la derecha.

Variante de entrada por Goulotte.

Travesía del glaciar.

«Piedra de los caramelos» de la N. del Perdido

Entrada del segundo corredor.

En el segundo corredor.

Largo de mixto.

Pendientes finales hacia el hombro tras el segundo corredor.

Llegada al hombro Este del Perdido.

Últimos metros.

 

¡CUMBRE!

Pequeña vira en la subida al Cuello del Cilindro.

Pendientes de bajada hacia el rápel.

De nuevo los olores y colores del bosque.

Contándole batallitas a Pilar («Mira qué fotos»)

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4 comentarios en “Cara Norte del Monte Perdido

  1. Gracias Juan (por cierto, qué pases un feliz día de S. Juán 😉
    Nos metimos en la nube a unos 3100 metros, por debajo sí tuvimos una visibilidad fantástica hacia La Munia, Los Astazu, Pineta y hasta se veía al fondo El Posets.
    También le dio su ambiente escalar entre las nubes. Ver perderse la cuerda entre las nubes tiene un punto mágico o ver aparecer al compañero medio difuminado en la niebla, como algo fantasmagórico.*

    * Claro, eso siempre que no te estés pelando de frío, no esté nevando, el viento te deje moverte, no haya rayos… 🙂

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